Thomas Aiken es el ganador del Open de España de golf. El más triste de la historia pero también el que más se recordará. Mirando al cielo para acordarse de Severiano Ballesteros, el segundo sudafricano que gana el torneo en los últimos años y el tercero en la historia -Schawrtzel lo hizo en Madrid en 2007 y anteriormente en 1971 Dale Hayes venció en el antiguo Prat con 275 impactos-.
El triunfo de Aiken (-10 global tras firmar un 70 (-2), que pasará a la historia como el de Seve, llegó sin excesivo sufrimiento ya que sus perseguidores no acabaron nunca de inquietarle. Entre ellos estaba Pablo Larrazábal. El socio del RCG El Prat se mantuvo en la pelea desde el jueves, se vistió como el ganador de cinco majors en las grandes citas -polo blanco, pantalón azul- pero no pudo dedicar una victoria que habría estado cargada de emotividad. Finalmente fue tercero con -7 tras lograr un birdie en el 18 que le permitió acabar bajo par (71). Su inicio fue muy complicado. Bogey, birdie, birdie, doblebogey. Luego ya no pudo recuperarse aunque luchó, impulsado por el espíritu de Severiano, hasta el final.
Aiken firmó su último birdie en el hoyo 14, luego se dedicó a controlar la situación y no cometer errores. Consciente de la carga emocional del torneo, el sudafricano sólo tenía que controlar a su compañero de partido. El danés Anders Hansen sufrió un calvario durante el día ya que atacó sin descanso pero no encontró premio. Más de un birdie se le quedó en el camino. Al final el del 18 le permitió terminar con -8 y en segunda posición en solitario.
Aiken levantó el segundo trofeo más antiguo del tour y lo hizo sabiendo que en realidad el campeón era Severiano Ballesteros. El hombre del fin de semana, el eterno, el del "carisma y la pasión", como dijo el campeón, probablemente, más emotivo que ha tenido el abierto nacional
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